Como si fuera un virus que se extiende como una epidemia mundial, cada vez más, hay mayor número de personas preocupadas por apresurarse, por ahorrar tiempo, por embutir la mayor cantidad de actividades posibles en un día. Este padecimiento obsesivo de la prisa está afectando, incluso, a los niños también.

En la década del 80 aparece un médico estadounidense Larry Dossey, que acuña el término “enfermedad del tiempo” para referirse a la creencia obsesiva de que “el tiempo se aleja, no alcanza, no hay suficiente cantidad para lo que se requiere y uno debe pedalear cada vez más rápido para mantenerse a su ritmo”. Hoy en día, hay una gran cantidad de personas que sufren esta enfermedad. Es una auténtica locura, que implica un culto a la velocidad.

Intentar hacer la mayor cantidad de cosas en el menor tiempo posible, ganarle minutos al día (¡cómo si esto fuera posible!) y vivir respondiendo a los tiempos impuestos externamente, hacen que la persona viva bajo presión. Cuando se sostiene por años un ritmo de vida acelerado, pueden aparecer dolencias concretas como: gastritis, hipertensión, ataques de pánico, trastorno de ansiedad, insomnio, estrés, etc. ¿De qué sirve ser más eficiente y rápido si se descuida la salud y los vínculos?

Vale aclarar que no estamos en contra de los avances tecnológicos, ni de la mejora en las  comunicaciones. Poder abreviar los caminos para acceder al diagnóstico o mejoría de una enfermedad. Todo esto es sumamente positivo. La intención es alertar acerca de imprimirle velocidad a algunas situaciones que no corresponden y que acelerar tiempos que son naturales, es perjudicial.

Hace años se viene gestando un movimiento a nivel mundial que es revolucionario, ya que apunta a poner en tela de juicio la idea de hacer todo más rápido: el Movimiento Slow. Plantea rescatar la lentitud como modo saludable de hacer bien las cosas. Una propuesta de vida que invita a desacelerar los tiempos personales y los tiempos de cada cosa, valorando el proceso como parte del resultado final, y considerar los costos humanos tan importantes como los costos materiales. Actualmente se observa que los grandes esfuerzos por hacer las cosas más deprisa, someten a la persona a un ritmo vertiginoso y descontrolado que termina por producir desequilibrios en distintos ámbitos. Este movimiento cultural propone reconectar con el placer de vivir. Disfrutar de un encuentro, del trabajo, de una actividad, aunque no produzca dinero, de la naturaleza, de nuestro cuerpo, de los alimentos. Y para poder hacerlo no hay que estar mirando el reloj.

Quisiera hacer una invitación a plantearse personalmente la relación con el tiempo. Revisar el propio ritmo de vida. Hay un tiempo que es subjetivo, interno, único, con un pulso diferente al que marca el reloj o el calendario.

Es posible ir por la vida más tranquilamente, sintiendo, percibiendo: colores, sabores, olores, sonidos, mirando a los otros y a nuestro alrededor, registrando sensaciones. La propuesta es hacer algunas cosas deliberadamente más despacio, intentar conversar, comer, escuchar, compartir, caminar, hacer el amor, jugar con los niños, ordenar, comprar, arreglar, manejar, con más calma. Incluso darse permiso para perder el tiempo, también así algo se gana. No olvidemos quién ganó la carrera en la famosa fábula de la liebre y la tortuga.

Está comenzando un nuevo año…

¿A qué velocidad vas a transitarlo?