¡ALEGRÍA! SE PELEÓ LA NENA

Me destroza ver a mi hija llorando porque rompió con su novio, el hombre que siempre me hizo dudar si realmente la amaba, o el metejón era con mi heladera.

La historia de cómo se conocieron arranca con poco glamour. Se toparon en un acuario municipal. Mi hija estaba de paseo con mi sobrinita y el innombrable le daba de comer a las mantarrayas. La verdad, no tengo nada contra las personas que le dan de comer a las especies marinas, pero la situación me desconcertaba. Me hubiese gustado que por lo menos alimentara a una pantera, un cocodrilo o un dragón de Komodo .

Ella me venía hablando, haciéndome la cabeza de que había conocido un chico que estudiaba biología marina, que le encantaba la vida en los océanos y que su objetivo estaba puesto en realizar largos viajes migratorios a mucha profundidad. Como verán el aquaman venía con parla.

Y llegó el día en que el pichón de Jacques Cousteau se presentara en mi casa por primera vez. ¡Cuando abrí la puerta y lo vi! Más que Jacques Cousteau, era una morsa alimentada en feedlots .

A partir de ahí empezó mi pesadilla, este muchacho cruza con bagre al poco tiempo dejó de trabajar en el acuario municipal y se metió en odontología. ¿Qué tendrá que ver la biología marina con los dientes? Bueno… mi suegra siempre tuvo aliento a pescado.

La carrera de sacar muelas y acomodar colmillos no funcionó. Después de un tiempo se pasó a profesorado de educación física. Ustedes lo vieran al que te jedi con pantalones Diportto (ropa deportiva ochentosa). Era un pitufo con retención de líquido.

Salía de la facultad y pasaba por mi casa, según él “muy cansado” porque había estado trotando dos horas. Saludaba primero a la heladera, se persignaba frente a ella, devoraba todo cual Pac-Man y después preguntaba si estaba mi hija. Un impresentable.

No podía creer la capacidad que tenía de predecir y acertar cuando había asado en mi casa. Es como que tenía un sensor en las fosas nasales que lo alertaban de que había fuego en mi churrasquera. Siempre caía con hambre y las manos vacías, nunca trajo aunque sea un amargo serrano, un atadito de berro, un cacho de Telgopor, ¡algoooooooooooo!

Llevaban dos años de noviazgo y el zángano ya estaba trabajando en mi carpintería. Nunca tocó una herramienta, me decía que si se ponía en contacto con el aserrín se le cerraba el pecho. Yo estaba empezando a perder la paciencia, en cualquier momento se me salía la cadena y le dejaba cerrado el pecho de la pateadura que le iba a dar. Pero pensé en mi queridísima hija, en los años de cárcel que me iban a dar, conté hasta diez y terminé dándole una oficina, computadora y cafetera express.

El pichón de Bill Gates con juanetes me dijo que manejaba un programa para diseñar muebles de quinchos y casas de montaña. ¡Cuando se me ocurrió ver lo que hacía! ¡Dios mío! El programa que manejaba era más básico que el paintbrush que usaba mi sobrinita.

Solo imagínense una casa con banquetas y mesas de maderas dibujados por el joven manos de tijera en medio de un terremoto escala nueve.

Por suerte todo terminó.

El esfuerzo que hice por controlarme durante esos tres años y medio demuestra el amor que tengo por mi amada hijita. Hace un par de días me dijo desconsolada con lágrimas en los ojos: “papá, rompí con Guillermo”.

Mis ojos también se llenaron de lágrimas y mis piernas se aflojaron. Primero, porque siempre le dije Gonzalo y él nunca me dijo nada; segundo, porque había terminado mi pesadilla y tercero, por algo que me clavó un puñal en mi corazón: el nabo era quien había dejado a mi hija. FIN.